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Bienvenido a la Isla de Crumisa, donde puedo compartir contigo mis delirios y mis desvariaciones en esta aburrida isla paradisíaca.

lunes, 21 de marzo de 2011

Dividida

Últimamente me he sentido un poco así y creo que, a falta de nueva imaginación, no está de mal releer textos antiguos. Seguramente en su día, la musa que me hizo escribir aquello era bien distinta a la que ahora hay sobre mí (y, todo hay que decirlo, vaya musa más floja tengo ahora).

Sin más, el microrrelato reflexivo.


Y cuando quise darme cuenta estaba rodeada: un apretado corsé me cercaba el pecho y en cada mano, las riendas de dos corceles, uno negro y otro blanco. Cada uno tira para un lado, pero yo no puedo soltarlos, están atados a mi corsé.

Agarré fuertemente los ramales e intenté dirigir a los caballos, avanzando lentamente, a trompicones. Sin embargo, eran tan fuertes que me desequilibraban.

Traté de respirar, pero el aire no bajaba de mi garganta. Quería sentarme, encogerme, sólo por descansar al margen de todo, pero el corsé me lo impedía. Y grité. Grité con todas mis fuerzas. El aire que al fin conseguí reunir salió de mi boca en forma de un leve quejido que quedó ahogado por el relinchar de los caballos.

Y entonces lo oí, lo noté. Lo sentí bajo el ruido de los cascos: primero fue una punzada, continuó con una pequeña cisura, y luego los caballos salieron corriendo, en direcciones contrarias, perdiéndose en el vacío.

Y yo me quedé allí, tirada en el suelo; medio desorientada y medio aturdida, sin aliento ya y sin nada que me arrastrara a ningún sitio ni a ninguna parte. Sólo aquel sucio corsé ahogándome…


Y por eso, mi pequeño e inocente vellocino, no te debes fiar de los caballos.

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