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Bienvenido a la Isla de Crumisa, donde puedo compartir contigo mis delirios y mis desvariaciones en esta aburrida isla paradisíaca.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Lluvia y ceniza

Este relato no me gusta nada. Nada, nada. Tenia una idea inicial, pero como sobrepasaba las 1000 palabras, tuve que acortarlo. Al principio era un relato de SciFi, de la historia de Raindrops, pero me vi obligada a quitarlo. Así que al final quedó un relato mutilado. Algún día me pondré de nuevo con él e intentaré que salga algo mejor. I promise, vellocino.

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Ejercicio: desarrollar un texto sobre la injusticia en el que el autor, es decir, vosotros, aparezcáis como implícitos.


Lluvia y ceniza

La lluvia caía sin parar y su repicar en el forro de los paraguas ahogaba las palabras del sacerdote, tan grises como el nublado cielo. A su alrededor, la gente se santiguaba entre débiles murmullos. Tía Yulieth giró la cabeza hacia mí una última vez, con una expresión de reproche y cierta preocupación, antes de volverse de nuevo hacia donde todos miraban. Porque allí, en el centro, estaba mi madre. O lo que antes fue ella. Ahora ya, tan sólo, cenizas guardadas en una pequeña caja de madera que estaba siendo sepultada, lentamente, bajo la tierra empapada. Aquella imagen quedaría grabada en mi memoria con ira e impotencia, junto con el recuerdo del fuego. Fue la última vez que lloré.

Había pasado casi un año desde el fatídico momento en que todo acabó. Ese día salí muy temprano del colegio. Mi madre aún trabajaba a esa hora, así que Yulieth me recogió y me acompañó hasta su trabajo. Creo que quería que comiéramos juntas. Mientras Yulieth esperaba fuera, yo me alejé de ella, con la impaciencia y la curiosidad propia de lo que yo era, un crío de nueve años. Una suave campanada indicó que el ascensor acababa de llegar. Las puertas se abrieron y pude ver a mi madre salir. Quise correr hacia ella pero, entonces, un rugido rompió el aire y una repentina luz bañó toda la habitación con sus brazas. Me sentí volar antes de perder la consciencia. Después, sólo recuerdo dolor, el shock y luego el hospital, y aquel montón de calmantes. Tardé en asimilar lo que había sucedido pero aún más, todo lo que me sucedería a partir de entonces. No quería aceptar que mi madre había muerto en una explosión mientras que yo, aún quemado y mutilado de un brazo, hubiera conseguido sobrevivir. Un atentado terrorista, me decían, la culpa es de esos rebeldes al régimen. Yo no entendía de política; yo tan sólo era un crío, que estaba en el lugar inoportuno en el momento inoportuno.

Un escalofrío recorrió mi pecho cuando oí el sonido de la lluvia chocar contra el cristal. Las finas gotas se estampaban contra la ventana y corrían por ella, formando estrías en el vaho que la empañaba. Mi vista se perdió entre ellas como esperando ver algo más al otro lado hasta que, el golpe de un hombre al pasar, me sacó de mis cavilaciones. Una repentina urgencia me asaltó entonces: ‘Debo volver pronto a casa o acabaré empapado’. Me eché la capucha sobre la cabeza comencé a andar por la abarrotada calle. Tras cruzarme con un par de personas que me inspeccionaron con cierta antipatía, decidí acortar el camino pasando por el parque. Estaría embarrado por la lluvia pero aquello no me preocupaba. Necesitaba alejarme de la aglomeración. Alejarme del hedor de la ciudad.

Pronto el olor a hierba y a tierra mojada creó a mi alrededor, junto con la lluvia y la sombra de los árboles, un ambiente a la vez plácido y fúnebre. Entonces unos gritos y algunas carcajadas rompieron aquella quietud. Me paré en seco.

–¿Qué coño creéis que estáis haciendo? –les espeté automáticamente, de tal forma que mi voz me traicionó y salió desentonada.

Uno de los chavales se volvió hacia mí y se rio:

–Pasad de esa nenilla.

Me quedé unos instantes mirándoles, completamente quieto, cómo se pasaban entre ellos un bote de pintura en spray y pintarrajeaban el monumento de acero que adornaba el centro del parque. Era un militar a caballo, un héroe del pasado. Nunca se me dio muy bien la historia, pero sí lo suficiente como para saber que hizo algo importante por el país, por todos nosotros, e incluso por estos desalmados que ni si quiera habían nacido cuando eso ocurrió.

Las ramas de los árboles crujieron a mi espalda ante una pequeña corriente de aire que hizo volar mi pelo frente a mí. Apreté los puños y corrí hacia ellos. Antes de que me vieran venir, agarré del cuello de la sudadera a uno de ellos y tiré de él, arrojándolo al suelo. Pronto su compañero reaccionó empujándome con ambas manos. Trastabillé hacia atrás pero, en cuanto recobré el equilibrio, me lancé hacia él y le asesté un puñetazo. Por el sonido que produjo y la punzada de dolor en mi hombro, supe que le había roto la mandíbula.

Volví entonces la vista hacia el tercer tipo, con el pelo empapado tapándome medio rostro. Éste se quedó mirándome con los ojos desorbitados unos instantes y finalmente salió corriendo, tirando del primer compañero. Rugí enfadado y, en un ademán de perseguirles, agarré del suelo el spray estiré el brazo hacia atrás para lanzárselo con todas mis fuerzas.

Entonces todo terminó.

Una fuerte luz me cegó, proyectando mi sombra con total nitidez sobre el monumento. Me volví hacia el origen de la luz, entornando la vista y alzando el brazo. Un policía bajó de la moto y dio dos pasos hacia mí, con una mano vacía levantada. Echó un rápido vistazo al monumento y luego a mí.

– Suelta el spray, joven –Su voz sonó con fuerza.

Miré entonces hacia el monumento y tras esto al spray que agarraba en mi mano. Mis dientes rechinaron de rabia al reconocer el símbolo los rebeldes. ‘Miserables enanos pro-revolución’, maldecí interiormente. Rugí furioso y apreté el spray, dispuesto a lanzárselo a cualquiera de aquellos tipos. Pero entonces el policía sacó su arma y disparó en mi dirección. Afortunadamente, no era una pistola, sino un taser. Una fuerte descarga eléctrica recorrió todo mi cuerpo y me hizo sentir hasta los dedos de la mano que ya no tenía.

Mi cuerpo cayó, laxo, y mi cabeza chocó contra la tierra húmeda. Por un momento, pude ver la estatua, mirándome quieta desde su sitio. Luego mi vista se nubló, apenas alcanzando a ver algunas gotas caer frente a mí, mientras en mi cabeza sólo rumiaba la misma descorazonadora idea. ¿De qué sirve lo que hacemos? Tú te llevaste unas pintadas y yo unas descargas. Este mundo no tiene arreglo.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Ella me encontró a mí

Aquí va otro relato corto, mi vellocino~

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 Ejercicio: crear un texto ficticio en base a algo real que conocemos.


Ella me encontró a mí


Onironauta. Se dice de aquel que es capaz de adquirir consciencia dentro de los sueños, así como de recordarlos con detalle al despertar. Había oído hablar de la interpretación de aquello que soñamos, pero nunca habría pensado que existiera un término para un "navegante de sueños". Yo siempre había tenido cierta predilección por dormir y soñar, una actividad de la que creo estar enamorada de hecho, pero no había sido hasta hace poco más de una semana que empecé a tener los sueños como algo presente en mi vida, como algo determinante. Había tenido sueños vívidos, sí, de esos que luego cuentas a tus amigos y con los que puedes echarte unas risas por lo absurdo de sus temas y sus rocambolescas historias. Sin embargo, nunca había tenido un sueño como el que ahora me perseguía. Literalmente.

En el sueño, esperaba sola en una estación de trenes. Me resulta realmente curioso ese hecho común de los sueños de, a pesar de no tener ningún detalle alrededor, saber con casi total seguridad que aquella era la estación de Santa Justa. Los altavoces anunciaron la llegada del tren y subí a él por la puerta más cercana. Me senté. Estaba vacío y gris. Sin nada más que hacer que esperar, observé desde mi sitio la puerta. Junto a ella, y de un color rojo vivo, destacaba una curiosa  palanca dentro de una cajita, en la pared y…  

El despertador sonó, sacándome de mi ensoñación. Achaqué aquel extraño sueño a que hacía poco, al tener un horario de clases diferentes, había cambiado mi habitual ruta de bus por el transporte en tren. Me batí con las sábanas, levantándome perezosa de la cama. Me vestí rápidamente huyendo del frío y, tras tomar un desayuno ligero, salí de casa en dirección a la estación. Me extrañó encontrar tan vacío el andén a esas horas. Incluso me pregunté si sería puente y estaba yendo a clase por error. Pero no; luego reconocí a un par de estudiantes que también esperaban el tren. Había sido simplemente un pequeño golpe de suerte, hoy por fin podría hacer el viaje sentada y leer con tranquilidad. Lástima que estaba aún tan soñolienta que las letras bailaban y huían de mis ojos, así que desistí y aparté la vista del libro. Fue entonces cuando la vi. De no ser por el sueño, ni si quiera hubiera reparado en ella. Allí, junto a la puerta, estaba la palanca roja. Como hipnotizada por su color, me levanté del asiento y caminé hasta ella. Era del tamaño de mi mano. Parecía que me invitara a cogerlo. Así que acepté. Estiré el brazo hacia la manilla y tiré de él. Un chirrido metálico estremeció el aire y al instante todo el tren se convulsionó. Los pasajeros fuimos arrojados hacia delante, chocando contra las paredes y  luego el suelo. Intenté levantarme, pero fui incapaz de hacerlo. En vez de eso, sentí que empezaba a elevarme, atravesaba el metal y me alejaba del tren. Ahora podía verlo todo desde el aire. Un escalofrío me recorrió el pecho al ver cómo el tren había descarrilado fatídicamente, arrollando las edificaciones y los transeúntes que había encontrado a su paso y… 

"Santa Justa. Conexiones con líneas C1, C2, C3, C4 y C5 de cercanías."

Una voz femenina, saliendo por los altavoces, me hizo despertar. Sobresaltada, miré a ambos lado de mi asiento restregándome los ojos. Luego dirigí la mirada hacia fuera del tren a través de la ventana. Suspiré aliviada: no me había pasado de parada, pero sentía mi corazón desbocado, latiéndome en la garganta.

No volví a quedarme dormida. No tanto por no arriesgarme a pasarme de parada, como por aquella sensación de agobio que me había provocado aquel sueño. Finalmente, el tren llegó a Virgen del Rocío, bajé al andén y piqué mi billete para salir. 

Aquella noche apenas dormí. Ni la siguiente. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver aquella endemoniada palanca roja. La palanca roja. Me acompañaba ahora en cada viaje. Cada día. Sin ojos, me miraba desde la puerta. Sin boca me llamaba. Cada día me esperaba en el mismo lugar cuando yo subía al tren y nos mirábamos. Cada viaje era un duelo de 20 minutos. A veces ganaba yo. Otras veces, cobarde, me giraba y cambiaba de vagón, buscando una ventana o una casual conversación que consiguiera distraerme.

Sin embargo, aquel día, el último día, había huelga de transporte. La estación estaba abarrotada por los servicios mínimos y, cuando mi tren llegó, ya no quedaban asientos libres ni aire que respirar. Subí al vagón y tuve que quedarme de pie, junto a la puerta. Me giré para  agarrarme a una de las barras y allí estaba. La palanca roja, brillante, triunfante, a un palmo de mí. El tren se puso en marcha y me sentí arrastrar y bambolear en un rítmico ensueño. La palanca se inclinaba ante mí, invitándome a bailar. Posé mi mano en la suya y tiré.

Una sonido como de bocina inundó en el vagón y todos nos inclinamos hacia un lado, amenazando con caer al suelo ante la brusca bajada de velocidad. En cuestión de segundos, el tren estuvo completamente parado. Miré hacia la palanca roja, aún la estaba sujetando. Me invadió una especie de decepción. Ni si quiera me parecía ya tan roja como antes.

Un pitido procedente de un altavoz cercano me sacó de mi ensoñación.


– Aquí el conductor. ¿A qué se debe esta parada de emergencia?


Fui incapaz de responder. El conductor repitió la pregunta y al no obtener respuesta hizo ademán de empezar a maldecir y a insultarme. Pero entonces se oyó un zumbido al otro lado y el conductor calló. Se cortó la comunicación. Me di la vuelta y atravesé el mar de gente que me examinaba de arriba a abajo como a un bicho raro. Llegué como pude al último vagon, donde ya nadie me miraba, y me quedé en un rincón, apoyada en la ventana hasta el final del trayecto.

No lo supe en ese momento pero, a menos de un kilómetro de allí, en la estación de Santa Justa, un carrito con un bebé dentro había caído a las vías en ese mismo instante. La megafonía acababa de anunciar la llegada del tren y los pasajeros que esperaban en el andén, habían saltado a las vías alarmados para salvar al niño. Fue una suerte que yo encontrara aquella palanca… o que ella me encontrara a mí.

domingo, 27 de octubre de 2013

¡Cambio de URL!

La url de la isla será isladecrumisa.blogspot.com a partir de ahora.

No te me pierdas,
mi vellocino~

sábado, 19 de octubre de 2013

El peso de tu ausencia

Me he apuntado a un Taller de Narrativa de Factoría de Autores, con el que estoy muy ilusionada. Cada semana tenemos que escribir un relato de máximo 1000 palabras siguiendo algunas pautas para ejercitar lo aprendido en clase. He pensado que estaría bien subirlos aquí, ¿no crees mi vellocino?

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Ejercicio: escribir un relato que contenga un conflicto claro y un final abierto.

El peso de tu ausencia

–Desde que estás fuera, tan lejos de casa, no puedo evitar pensar en ti. Eso ha hecho que me dé cuenta de los pocos buenos recuerdos que tengo a tu lado. Casi todos ellos vagos, de cuando éramos unos micos. Los últimos años, sin embargo, están tiznados de odio. Eso me apena.

»Tu ausencia es tal que he dejado de hacer aquellas cosas que te molestaban, con tal de no oír el silencio que ahora sustituye a tus quejas. Tampoco estudio ya por las noches. Hago ciclos de cine francés hasta caer dormido. Y cuando despierto, estoy en clase y ya es hora de volver a casa. Así que regreso, y como un autómata, subo a tu cuarto, ahora tan vacío. Me echo en tu cama. Aún huele a ti. Mamá no ha querido tocar nada.    

»Antes, cuando éramos críos, a veces dormíamos juntos. Ahora lo recuerdo. ¿Cuándo dejamos de hacerlo? ¿Por qué? Ahora sin embargo, tus figuras de acción me miran desde la repisa y me llaman intruso. Me he convertido en ocupa. Un ocupa de tu cuarto, de tus cosas. Me gusta pasar la tarde allí, paseando la mirada por tus estantes abarrotados de comics, vinilos y figuras de no sé qué cosas. A veces incluso me aventuro a intentar tocar tu guitarra. Es como un pequeño santuario. Aun así, nunca me he atrevido a pasar la noche allí. Tengo miedo, ¿sabes? Lo reconozco. Puede que no me creas, pero es así. Tengo miedo. De acostumbrarme a tu ausencia, de sentir ese cuarto como propio, de que tu olor se pierda y lo sustituya el mío... Lo cual es un poco absurdo, ¿no crees? Tenemos la misma sangre, la misma piel; nos duchábamos con el mismo gel y usábamos el mismo desodorante. ¿Por qué tu olor iba a ser diferente al mío? Y sin embargo, lo es. Y ahora temo olvidarlo. Tal vez me estoy volviendo paranoico. Este último mes ya ni me atrevo a usar nuestro gel ni nuestro desodorante. Ahora uso el de madre, aunque ella no lo sabe. Y sólo uso el nuestro, el tuyo, una vez a la semana. Así, los días siguientes, la casa huele como a una visita tuya. ¿Estaré loco? He leído que el olor es una de los caminos más directos a nuestros recuerdos. Creo que es cierto.

»Cuando estoy tumbado en tu cama y la ausencia de buenos recuerdos me asalta, me pregunto ¿Cómo pudimos llegar a esto? 'En la guerra todo vale', nos justificábamos a veces. ¿Dónde habríamos escuchado eso? Unos críos como éramos... ¿Qué sentido podía tener la guerra para nosotros? No, ¿qué sentido tiene la guerra entre nosotros?

»Quién empezó primero, si tú, si yo, es lo de menos. El hecho es que lo que empezó como un simple pique entre hermanos acabó siendo una grieta entre nosotros. Una fractura que crecía aumentando los silencios, las distancias. Recuerdo que tocabas la guitarra por las tardes, para molestarme mientras estudiaba. Yo no lo soportaba, así que empecé a fingir que no estudiaba, para que te confiaras, y lo hacía por la noche. Cuando me descubriste, me escondiste los libros. Nunca lo confesaste, pero sé que fuiste tú. Me pasé toda la noche y parte del día siguiente buscándolos. El profesor me regañó por no llevar los ejercicios de la semana a clase. Estaba tan cabreado por ello que cuando volví a casa subí las escaleras de tres en tres. Irrumpí en tu cuarto y me quedé inmovilizado en la entrada sin saber contra qué descargar toda esa tensión que se me estaba acumulando en la boca del estómago. Y entonces la vi. Guardada en su funda, forrada de terciopelo rojo, sobre tu cama. Crucé el cuarto, con los puños apretados. Ignorando las miradas de tus figuras saqué tu guitarra de su funda. Casi podía sentir cómo se estremecía entre mis manos, mientras contemplaba la sucesión de atrocidades que mi mente proyectaba sobre ella como diapositivas. Sin apartar la vista de ella, estiré el brazo para coger las tijeras de tu lapicero. Le corté las cuerdas.

»Creo que aquella vez fue la última que te vi llorar por mí. Me miraste, bufando como un toro, con los ojos rojos y las orejas encendidas. No dijiste nada. Pero debí haber imaginado que tu respuesta tardaría en llegar y que no se limitaría a unas simples palabras. Al fin y al cabo, eres un Ntaláras. Para cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde; me encontraba cuesta abajo y sin frenos, literalmente. Un brazo roto, cuatro puntos en la frente y la bici, siniestro total. Tú nunca te disculpaste, por supuesto, y yo tampoco te delaté; hubiera sido negativo también para mí. Tras esto, comencé a maquinar mi venganza. Quería hacértelo pagar caro.

»Pero entonces eso llegó. Demasiado pronto. Esa espantosa enfermedad que todos evitaban nombrar.
»'La culpa es de padre'. Ese pensamiento surgía siempre. Tarde o temprano. Como escrito en el techo de tu cuarto. O en las paredes, entre tus posters de Tool y Nirvana. 'La culpa es de padre'. Él quería que cada uno de nosotros fuera el mejor. El más listo. El más aplicado. El más fuerte. El más apto. Pero el mejor sólo podía ser uno. El líder. El heredero.

Suspira.

–Y ahora me ves, aquí, así. Las clases ya no me motivan. Padre empieza a estar muy enfadado. He sacado un 8 en Literatura Clásica. Desde que te fuiste, se ha vuelto más estricto conmigo. Supongo que es porque, ahora que ya no estás, sólo yo podría seguir sus pasos, tomar la empresa algún día. Pero... ¿y si ya no quiero? Después de lo que has pasado, de lo que has sufrido, me doy cuenta. La vida es muy corta para perseguir sueños ajenos. Yo sólo quería que él se sintiera orgulloso de mí, contentarle. ¿Pero no es mejor conseguirlo primero con uno mismo? Y yo no me siento nada contento conmigo. Todo esto es una broma de mal gusto. He luchado contra ti tanto, para conseguir vencerte que, ahora que he ganado, no lo quiero. Lo único que he conseguido ha sido perderte.

»Debí estar contigo, no contra ti. Haber aprovechado el tiempo a tu lado. Haber sido tu apoyo y no las piedras en tu camino. No te imaginas cuánto me arrepiento, hermano.

El chico vuelve entonces la cabeza hacia él.

– Estabas... ¿decías algo? –su voz sonó espesa, titubeante

Sonríe, como respuesta.

–Supongo que ya no importa lo que diga. Ya no vas a escucharme. Pero... lo siento. Mucho. De verdad.

El chico ladea la cabeza y arruga el entrecejo. Duda. Apenas puede oír a su hermano pero se esfuerza en disimularlo. El reloj de la pared marca el final del horario de visita.

–No está mal –vuelve a mirar el cómic que tenía en el regazo–, ya lo había leído, pero gracias. No tenías por qué traérmelo.

–Te traeré más, mañana.

domingo, 11 de agosto de 2013

Habitación 8

Hoy me he hecho un marcapáginas de Habitación 8, un webcómic que sigo y cuyo autor es LuchoVolke.


Si no lo conocías, mi vellocino, te lo recomiendo~ : 3

viernes, 9 de agosto de 2013

Planes venideros webcomiqueros

Como dije en aquella tira, el mes de julio me ha cundido de forma sorprendente. En cuanto a terminos de dibujo: pude terminar el primer capi de onironautas, dibujé otras muchas tiras (de Azúcar, Incorregible, etc.) y tuve un par de encarguillos remunerados.

Sin embargo este mes de agosto se presenta turbio, estresante, agotador y poco productivo "OTL. Por una parte ha influido mucho el hecho de que me apuntara al gimnasio. Las primeras semanas fueron demoledoras y como iba por la mañana me pasaba el resto del día agotada. Cuando por fin conseguí medio acostumbrarme al ritmo del gim, tuve que empezar a estudiar para los exámenes de septiembre. Tengo que presentarme a cuatro asignaturas que abandoné durante el curso por falta de tiempo y dudo que en un mes me de tiempo a hacer lo que no pude en medio año T___T"

El poco tiempo que me sobró tuve que invertirlo en tres encarguillos más que hicieron unos extranjeros. Aunque bueno, de esto realmente no me quejo. Dibujar me encanta y si encima me pagan, ¡no me voy a negar!

Dejando a un lado los lloriqueos, pasamos a los estados de los cómics:

Azucar no; Sacarina
El caso es que con todo esto se me han ido pasando las semanas y cuando me he querido dar cuenta se me ha acabado el buffer de tiras para Azúcar. Yu-huu... "OTL Y eso me hace sentir mal y culpable, poco responsable, y no me gusta nada. En cualquier caso haré todo lo que pueda por tener una tira cada lunes, tal como se han ido publicando hasta ahora. Al fin y al cabo cuando decidí empezar este proyecto era lo que pretendía, tener una periodicidad marcada y no esos altibajos tan horrendos que tengo con el resto de mis cómics. Eso sin contar conque me comprometí con JohnWheel en ello xD

El incorregible segador de espaguetis
Para variar, este cómic sigue encontrándose en un interminable problema. Principalmente reside en que no me hallo con el estilo de dibujo. No me siento demasiado cómoda y cuando releo las páginas tras algunas semanas, tampoco me siento satisfecha. Es verdad que con Onironautas, cuando releo el primer capi, identifico fallos en el dibujo y el guión, pero aún así sigue gustandome y me siento orgullosa de lo que salió.

Así que no sé qué hacer con Incorregible. No sé si debería seguir como hasta ahora, continuar e ir probando, y cuando terminara el tercer capítulo dejarlo en la Silla a ver qué me dicen, que me orienten un poco. O si bien deberia pararlo indefinidamente, ponerme a saco con el tratamiento y el guión, y ya más adelante, cuando lo haya terminado y haya perfeccionado más mi dibujo, retomarlo o incluso reempezar de cero. Porque, al fin y al cabo, al contrario que Onironautas, Incorregible sí es una historia "segura", "fija". En el sentido de que tengo un guión (o algo similar xD) y sé exactamente que es lo que busco. En concreto sé que tendrá 13 capítulos, es decir, 200 páginas.

Ais, estoy perdida x_D
En cualquier caso, por ahora seguirá en hiatus. Tal vez actualice algún día hasta terminar el segundo capítulo, para no dejarlo inconcluso, pero dudo que sea en este mes.

Onironautas
Quiero intentar que este cómic no deje de ser más que un experimento con el que practicar. Dibujar y contar lo que se me ocurra, sobre la marcha, experimentando con las técnicas. Aunque no sé si lo conseguiré, porque me ha gustado el camino que ha tomado, pero bueno xD En cualquier caso no habrá más onironautas hasta septiembre. Ya hice la portada del siguiente capítulo y los sketchs de las primeras cuatro páginas, pero me he prometido a mí misma que no volveré a tocarlo hasta que no pase los exámenes. La razón de esto es que que quiero que, cuando lo empiece, pueda llevar un buen ritmo de actualización como hice con el primer capi, y durante este mes está claro que no puedo.

Randty World
A este ni caso xD
Sólo son tiras de tonterías que hago en mis ratos libres, generalmente cuando estoy fuera de casa en mi mini-libretita, para mantener engrasado el cerebro y a la vez descansar un poco de tanto trabajo. Parece contradictorio pero... es lo que tiene la procrastinación de los dibujantes, supongo x_)

El país de las promesas rotas
Y finalmente he aquí la bomba, en cuanto a trabajo por hacer se refiere. Lo último que pensé que me surgiría este año era esto, un encargo de un cómic. Al principio estaba algo reticente, pero la verdad es que ahora estoy bastanate ilusionada con este proyecto :D! Ya acabe la cosa mejor o peor (sí, soy una mujer de poca fé xD es mi mecanismo de autodefensa) la experiencia me está gustando~

Peeero eso no quita todo el lote de trabajo que se me viene encima xD Auuch~~U Aún me tengo que leer exhaustivamente las 60 páginas de la primera parte del guión y dibujar las primeras 10 páginas que ya se me pagaron >m< Por ahora sólo he podido leerme un primer trozo, dibujar la portada y el sketch de dos páginas. Y aún no sé muy bien con qué estilo enfocarlo... ARRRGH! ¡Voy demasiado lenta! Pero trabajar en silencio cuesta taaanto :__)

En fin, mi vellocino,
así que, en definitiva, tengo que hacer malabares con el gimnasio, los estudios, las tiras semanales de Azúcar y el encargo.

¿Os he dicho que odio tener que examinarme en septiembre? ¿No? Pues lo odio... PFFF.


PD: Un besín a quien se lea el tochaco entero x__"DD

Incorregible - progreso:


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