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Bienvenido a la Isla de Crumisa, donde puedo compartir contigo mis delirios y mis desvariaciones en esta aburrida isla paradisíaca.

sábado, 19 de octubre de 2013

El peso de tu ausencia

Me he apuntado a un Taller de Narrativa de Factoría de Autores, con el que estoy muy ilusionada. Cada semana tenemos que escribir un relato de máximo 1000 palabras siguiendo algunas pautas para ejercitar lo aprendido en clase. He pensado que estaría bien subirlos aquí, ¿no crees mi vellocino?

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Ejercicio: escribir un relato que contenga un conflicto claro y un final abierto.

El peso de tu ausencia

–Desde que estás fuera, tan lejos de casa, no puedo evitar pensar en ti. Eso ha hecho que me dé cuenta de los pocos buenos recuerdos que tengo a tu lado. Casi todos ellos vagos, de cuando éramos unos micos. Los últimos años, sin embargo, están tiznados de odio. Eso me apena.

»Tu ausencia es tal que he dejado de hacer aquellas cosas que te molestaban, con tal de no oír el silencio que ahora sustituye a tus quejas. Tampoco estudio ya por las noches. Hago ciclos de cine francés hasta caer dormido. Y cuando despierto, estoy en clase y ya es hora de volver a casa. Así que regreso, y como un autómata, subo a tu cuarto, ahora tan vacío. Me echo en tu cama. Aún huele a ti. Mamá no ha querido tocar nada.    

»Antes, cuando éramos críos, a veces dormíamos juntos. Ahora lo recuerdo. ¿Cuándo dejamos de hacerlo? ¿Por qué? Ahora sin embargo, tus figuras de acción me miran desde la repisa y me llaman intruso. Me he convertido en ocupa. Un ocupa de tu cuarto, de tus cosas. Me gusta pasar la tarde allí, paseando la mirada por tus estantes abarrotados de comics, vinilos y figuras de no sé qué cosas. A veces incluso me aventuro a intentar tocar tu guitarra. Es como un pequeño santuario. Aun así, nunca me he atrevido a pasar la noche allí. Tengo miedo, ¿sabes? Lo reconozco. Puede que no me creas, pero es así. Tengo miedo. De acostumbrarme a tu ausencia, de sentir ese cuarto como propio, de que tu olor se pierda y lo sustituya el mío... Lo cual es un poco absurdo, ¿no crees? Tenemos la misma sangre, la misma piel; nos duchábamos con el mismo gel y usábamos el mismo desodorante. ¿Por qué tu olor iba a ser diferente al mío? Y sin embargo, lo es. Y ahora temo olvidarlo. Tal vez me estoy volviendo paranoico. Este último mes ya ni me atrevo a usar nuestro gel ni nuestro desodorante. Ahora uso el de madre, aunque ella no lo sabe. Y sólo uso el nuestro, el tuyo, una vez a la semana. Así, los días siguientes, la casa huele como a una visita tuya. ¿Estaré loco? He leído que el olor es una de los caminos más directos a nuestros recuerdos. Creo que es cierto.

»Cuando estoy tumbado en tu cama y la ausencia de buenos recuerdos me asalta, me pregunto ¿Cómo pudimos llegar a esto? 'En la guerra todo vale', nos justificábamos a veces. ¿Dónde habríamos escuchado eso? Unos críos como éramos... ¿Qué sentido podía tener la guerra para nosotros? No, ¿qué sentido tiene la guerra entre nosotros?

»Quién empezó primero, si tú, si yo, es lo de menos. El hecho es que lo que empezó como un simple pique entre hermanos acabó siendo una grieta entre nosotros. Una fractura que crecía aumentando los silencios, las distancias. Recuerdo que tocabas la guitarra por las tardes, para molestarme mientras estudiaba. Yo no lo soportaba, así que empecé a fingir que no estudiaba, para que te confiaras, y lo hacía por la noche. Cuando me descubriste, me escondiste los libros. Nunca lo confesaste, pero sé que fuiste tú. Me pasé toda la noche y parte del día siguiente buscándolos. El profesor me regañó por no llevar los ejercicios de la semana a clase. Estaba tan cabreado por ello que cuando volví a casa subí las escaleras de tres en tres. Irrumpí en tu cuarto y me quedé inmovilizado en la entrada sin saber contra qué descargar toda esa tensión que se me estaba acumulando en la boca del estómago. Y entonces la vi. Guardada en su funda, forrada de terciopelo rojo, sobre tu cama. Crucé el cuarto, con los puños apretados. Ignorando las miradas de tus figuras saqué tu guitarra de su funda. Casi podía sentir cómo se estremecía entre mis manos, mientras contemplaba la sucesión de atrocidades que mi mente proyectaba sobre ella como diapositivas. Sin apartar la vista de ella, estiré el brazo para coger las tijeras de tu lapicero. Le corté las cuerdas.

»Creo que aquella vez fue la última que te vi llorar por mí. Me miraste, bufando como un toro, con los ojos rojos y las orejas encendidas. No dijiste nada. Pero debí haber imaginado que tu respuesta tardaría en llegar y que no se limitaría a unas simples palabras. Al fin y al cabo, eres un Ntaláras. Para cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde; me encontraba cuesta abajo y sin frenos, literalmente. Un brazo roto, cuatro puntos en la frente y la bici, siniestro total. Tú nunca te disculpaste, por supuesto, y yo tampoco te delaté; hubiera sido negativo también para mí. Tras esto, comencé a maquinar mi venganza. Quería hacértelo pagar caro.

»Pero entonces eso llegó. Demasiado pronto. Esa espantosa enfermedad que todos evitaban nombrar.
»'La culpa es de padre'. Ese pensamiento surgía siempre. Tarde o temprano. Como escrito en el techo de tu cuarto. O en las paredes, entre tus posters de Tool y Nirvana. 'La culpa es de padre'. Él quería que cada uno de nosotros fuera el mejor. El más listo. El más aplicado. El más fuerte. El más apto. Pero el mejor sólo podía ser uno. El líder. El heredero.

Suspira.

–Y ahora me ves, aquí, así. Las clases ya no me motivan. Padre empieza a estar muy enfadado. He sacado un 8 en Literatura Clásica. Desde que te fuiste, se ha vuelto más estricto conmigo. Supongo que es porque, ahora que ya no estás, sólo yo podría seguir sus pasos, tomar la empresa algún día. Pero... ¿y si ya no quiero? Después de lo que has pasado, de lo que has sufrido, me doy cuenta. La vida es muy corta para perseguir sueños ajenos. Yo sólo quería que él se sintiera orgulloso de mí, contentarle. ¿Pero no es mejor conseguirlo primero con uno mismo? Y yo no me siento nada contento conmigo. Todo esto es una broma de mal gusto. He luchado contra ti tanto, para conseguir vencerte que, ahora que he ganado, no lo quiero. Lo único que he conseguido ha sido perderte.

»Debí estar contigo, no contra ti. Haber aprovechado el tiempo a tu lado. Haber sido tu apoyo y no las piedras en tu camino. No te imaginas cuánto me arrepiento, hermano.

El chico vuelve entonces la cabeza hacia él.

– Estabas... ¿decías algo? –su voz sonó espesa, titubeante

Sonríe, como respuesta.

–Supongo que ya no importa lo que diga. Ya no vas a escucharme. Pero... lo siento. Mucho. De verdad.

El chico ladea la cabeza y arruga el entrecejo. Duda. Apenas puede oír a su hermano pero se esfuerza en disimularlo. El reloj de la pared marca el final del horario de visita.

–No está mal –vuelve a mirar el cómic que tenía en el regazo–, ya lo había leído, pero gracias. No tenías por qué traérmelo.

–Te traeré más, mañana.

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