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Bienvenido a la Isla de Crumisa, donde puedo compartir contigo mis delirios y mis desvariaciones en esta aburrida isla paradisíaca.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Lluvia y ceniza

Este relato no me gusta nada. Nada, nada. Tenia una idea inicial, pero como sobrepasaba las 1000 palabras, tuve que acortarlo. Al principio era un relato de SciFi, de la historia de Raindrops, pero me vi obligada a quitarlo. Así que al final quedó un relato mutilado. Algún día me pondré de nuevo con él e intentaré que salga algo mejor. I promise, vellocino.

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Ejercicio: desarrollar un texto sobre la injusticia en el que el autor, es decir, vosotros, aparezcáis como implícitos.


Lluvia y ceniza

La lluvia caía sin parar y su repicar en el forro de los paraguas ahogaba las palabras del sacerdote, tan grises como el nublado cielo. A su alrededor, la gente se santiguaba entre débiles murmullos. Tía Yulieth giró la cabeza hacia mí una última vez, con una expresión de reproche y cierta preocupación, antes de volverse de nuevo hacia donde todos miraban. Porque allí, en el centro, estaba mi madre. O lo que antes fue ella. Ahora ya, tan sólo, cenizas guardadas en una pequeña caja de madera que estaba siendo sepultada, lentamente, bajo la tierra empapada. Aquella imagen quedaría grabada en mi memoria con ira e impotencia, junto con el recuerdo del fuego. Fue la última vez que lloré.

Había pasado casi un año desde el fatídico momento en que todo acabó. Ese día salí muy temprano del colegio. Mi madre aún trabajaba a esa hora, así que Yulieth me recogió y me acompañó hasta su trabajo. Creo que quería que comiéramos juntas. Mientras Yulieth esperaba fuera, yo me alejé de ella, con la impaciencia y la curiosidad propia de lo que yo era, un crío de nueve años. Una suave campanada indicó que el ascensor acababa de llegar. Las puertas se abrieron y pude ver a mi madre salir. Quise correr hacia ella pero, entonces, un rugido rompió el aire y una repentina luz bañó toda la habitación con sus brazas. Me sentí volar antes de perder la consciencia. Después, sólo recuerdo dolor, el shock y luego el hospital, y aquel montón de calmantes. Tardé en asimilar lo que había sucedido pero aún más, todo lo que me sucedería a partir de entonces. No quería aceptar que mi madre había muerto en una explosión mientras que yo, aún quemado y mutilado de un brazo, hubiera conseguido sobrevivir. Un atentado terrorista, me decían, la culpa es de esos rebeldes al régimen. Yo no entendía de política; yo tan sólo era un crío, que estaba en el lugar inoportuno en el momento inoportuno.

Un escalofrío recorrió mi pecho cuando oí el sonido de la lluvia chocar contra el cristal. Las finas gotas se estampaban contra la ventana y corrían por ella, formando estrías en el vaho que la empañaba. Mi vista se perdió entre ellas como esperando ver algo más al otro lado hasta que, el golpe de un hombre al pasar, me sacó de mis cavilaciones. Una repentina urgencia me asaltó entonces: ‘Debo volver pronto a casa o acabaré empapado’. Me eché la capucha sobre la cabeza comencé a andar por la abarrotada calle. Tras cruzarme con un par de personas que me inspeccionaron con cierta antipatía, decidí acortar el camino pasando por el parque. Estaría embarrado por la lluvia pero aquello no me preocupaba. Necesitaba alejarme de la aglomeración. Alejarme del hedor de la ciudad.

Pronto el olor a hierba y a tierra mojada creó a mi alrededor, junto con la lluvia y la sombra de los árboles, un ambiente a la vez plácido y fúnebre. Entonces unos gritos y algunas carcajadas rompieron aquella quietud. Me paré en seco.

–¿Qué coño creéis que estáis haciendo? –les espeté automáticamente, de tal forma que mi voz me traicionó y salió desentonada.

Uno de los chavales se volvió hacia mí y se rio:

–Pasad de esa nenilla.

Me quedé unos instantes mirándoles, completamente quieto, cómo se pasaban entre ellos un bote de pintura en spray y pintarrajeaban el monumento de acero que adornaba el centro del parque. Era un militar a caballo, un héroe del pasado. Nunca se me dio muy bien la historia, pero sí lo suficiente como para saber que hizo algo importante por el país, por todos nosotros, e incluso por estos desalmados que ni si quiera habían nacido cuando eso ocurrió.

Las ramas de los árboles crujieron a mi espalda ante una pequeña corriente de aire que hizo volar mi pelo frente a mí. Apreté los puños y corrí hacia ellos. Antes de que me vieran venir, agarré del cuello de la sudadera a uno de ellos y tiré de él, arrojándolo al suelo. Pronto su compañero reaccionó empujándome con ambas manos. Trastabillé hacia atrás pero, en cuanto recobré el equilibrio, me lancé hacia él y le asesté un puñetazo. Por el sonido que produjo y la punzada de dolor en mi hombro, supe que le había roto la mandíbula.

Volví entonces la vista hacia el tercer tipo, con el pelo empapado tapándome medio rostro. Éste se quedó mirándome con los ojos desorbitados unos instantes y finalmente salió corriendo, tirando del primer compañero. Rugí enfadado y, en un ademán de perseguirles, agarré del suelo el spray estiré el brazo hacia atrás para lanzárselo con todas mis fuerzas.

Entonces todo terminó.

Una fuerte luz me cegó, proyectando mi sombra con total nitidez sobre el monumento. Me volví hacia el origen de la luz, entornando la vista y alzando el brazo. Un policía bajó de la moto y dio dos pasos hacia mí, con una mano vacía levantada. Echó un rápido vistazo al monumento y luego a mí.

– Suelta el spray, joven –Su voz sonó con fuerza.

Miré entonces hacia el monumento y tras esto al spray que agarraba en mi mano. Mis dientes rechinaron de rabia al reconocer el símbolo los rebeldes. ‘Miserables enanos pro-revolución’, maldecí interiormente. Rugí furioso y apreté el spray, dispuesto a lanzárselo a cualquiera de aquellos tipos. Pero entonces el policía sacó su arma y disparó en mi dirección. Afortunadamente, no era una pistola, sino un taser. Una fuerte descarga eléctrica recorrió todo mi cuerpo y me hizo sentir hasta los dedos de la mano que ya no tenía.

Mi cuerpo cayó, laxo, y mi cabeza chocó contra la tierra húmeda. Por un momento, pude ver la estatua, mirándome quieta desde su sitio. Luego mi vista se nubló, apenas alcanzando a ver algunas gotas caer frente a mí, mientras en mi cabeza sólo rumiaba la misma descorazonadora idea. ¿De qué sirve lo que hacemos? Tú te llevaste unas pintadas y yo unas descargas. Este mundo no tiene arreglo.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Ella me encontró a mí

Aquí va otro relato corto, mi vellocino~

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 Ejercicio: crear un texto ficticio en base a algo real que conocemos.


Ella me encontró a mí


Onironauta. Se dice de aquel que es capaz de adquirir consciencia dentro de los sueños, así como de recordarlos con detalle al despertar. Había oído hablar de la interpretación de aquello que soñamos, pero nunca habría pensado que existiera un término para un "navegante de sueños". Yo siempre había tenido cierta predilección por dormir y soñar, una actividad de la que creo estar enamorada de hecho, pero no había sido hasta hace poco más de una semana que empecé a tener los sueños como algo presente en mi vida, como algo determinante. Había tenido sueños vívidos, sí, de esos que luego cuentas a tus amigos y con los que puedes echarte unas risas por lo absurdo de sus temas y sus rocambolescas historias. Sin embargo, nunca había tenido un sueño como el que ahora me perseguía. Literalmente.

En el sueño, esperaba sola en una estación de trenes. Me resulta realmente curioso ese hecho común de los sueños de, a pesar de no tener ningún detalle alrededor, saber con casi total seguridad que aquella era la estación de Santa Justa. Los altavoces anunciaron la llegada del tren y subí a él por la puerta más cercana. Me senté. Estaba vacío y gris. Sin nada más que hacer que esperar, observé desde mi sitio la puerta. Junto a ella, y de un color rojo vivo, destacaba una curiosa  palanca dentro de una cajita, en la pared y…  

El despertador sonó, sacándome de mi ensoñación. Achaqué aquel extraño sueño a que hacía poco, al tener un horario de clases diferentes, había cambiado mi habitual ruta de bus por el transporte en tren. Me batí con las sábanas, levantándome perezosa de la cama. Me vestí rápidamente huyendo del frío y, tras tomar un desayuno ligero, salí de casa en dirección a la estación. Me extrañó encontrar tan vacío el andén a esas horas. Incluso me pregunté si sería puente y estaba yendo a clase por error. Pero no; luego reconocí a un par de estudiantes que también esperaban el tren. Había sido simplemente un pequeño golpe de suerte, hoy por fin podría hacer el viaje sentada y leer con tranquilidad. Lástima que estaba aún tan soñolienta que las letras bailaban y huían de mis ojos, así que desistí y aparté la vista del libro. Fue entonces cuando la vi. De no ser por el sueño, ni si quiera hubiera reparado en ella. Allí, junto a la puerta, estaba la palanca roja. Como hipnotizada por su color, me levanté del asiento y caminé hasta ella. Era del tamaño de mi mano. Parecía que me invitara a cogerlo. Así que acepté. Estiré el brazo hacia la manilla y tiré de él. Un chirrido metálico estremeció el aire y al instante todo el tren se convulsionó. Los pasajeros fuimos arrojados hacia delante, chocando contra las paredes y  luego el suelo. Intenté levantarme, pero fui incapaz de hacerlo. En vez de eso, sentí que empezaba a elevarme, atravesaba el metal y me alejaba del tren. Ahora podía verlo todo desde el aire. Un escalofrío me recorrió el pecho al ver cómo el tren había descarrilado fatídicamente, arrollando las edificaciones y los transeúntes que había encontrado a su paso y… 

"Santa Justa. Conexiones con líneas C1, C2, C3, C4 y C5 de cercanías."

Una voz femenina, saliendo por los altavoces, me hizo despertar. Sobresaltada, miré a ambos lado de mi asiento restregándome los ojos. Luego dirigí la mirada hacia fuera del tren a través de la ventana. Suspiré aliviada: no me había pasado de parada, pero sentía mi corazón desbocado, latiéndome en la garganta.

No volví a quedarme dormida. No tanto por no arriesgarme a pasarme de parada, como por aquella sensación de agobio que me había provocado aquel sueño. Finalmente, el tren llegó a Virgen del Rocío, bajé al andén y piqué mi billete para salir. 

Aquella noche apenas dormí. Ni la siguiente. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver aquella endemoniada palanca roja. La palanca roja. Me acompañaba ahora en cada viaje. Cada día. Sin ojos, me miraba desde la puerta. Sin boca me llamaba. Cada día me esperaba en el mismo lugar cuando yo subía al tren y nos mirábamos. Cada viaje era un duelo de 20 minutos. A veces ganaba yo. Otras veces, cobarde, me giraba y cambiaba de vagón, buscando una ventana o una casual conversación que consiguiera distraerme.

Sin embargo, aquel día, el último día, había huelga de transporte. La estación estaba abarrotada por los servicios mínimos y, cuando mi tren llegó, ya no quedaban asientos libres ni aire que respirar. Subí al vagón y tuve que quedarme de pie, junto a la puerta. Me giré para  agarrarme a una de las barras y allí estaba. La palanca roja, brillante, triunfante, a un palmo de mí. El tren se puso en marcha y me sentí arrastrar y bambolear en un rítmico ensueño. La palanca se inclinaba ante mí, invitándome a bailar. Posé mi mano en la suya y tiré.

Una sonido como de bocina inundó en el vagón y todos nos inclinamos hacia un lado, amenazando con caer al suelo ante la brusca bajada de velocidad. En cuestión de segundos, el tren estuvo completamente parado. Miré hacia la palanca roja, aún la estaba sujetando. Me invadió una especie de decepción. Ni si quiera me parecía ya tan roja como antes.

Un pitido procedente de un altavoz cercano me sacó de mi ensoñación.


– Aquí el conductor. ¿A qué se debe esta parada de emergencia?


Fui incapaz de responder. El conductor repitió la pregunta y al no obtener respuesta hizo ademán de empezar a maldecir y a insultarme. Pero entonces se oyó un zumbido al otro lado y el conductor calló. Se cortó la comunicación. Me di la vuelta y atravesé el mar de gente que me examinaba de arriba a abajo como a un bicho raro. Llegué como pude al último vagon, donde ya nadie me miraba, y me quedé en un rincón, apoyada en la ventana hasta el final del trayecto.

No lo supe en ese momento pero, a menos de un kilómetro de allí, en la estación de Santa Justa, un carrito con un bebé dentro había caído a las vías en ese mismo instante. La megafonía acababa de anunciar la llegada del tren y los pasajeros que esperaban en el andén, habían saltado a las vías alarmados para salvar al niño. Fue una suerte que yo encontrara aquella palanca… o que ella me encontrara a mí.

Incorregible - progreso:


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