~Welcome~

Bienvenido a la Isla de Crumisa, donde puedo compartir contigo mis delirios y mis desvariaciones en esta aburrida isla paradisíaca.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Ella me encontró a mí

Aquí va otro relato corto, mi vellocino~

*******

 Ejercicio: crear un texto ficticio en base a algo real que conocemos.


Ella me encontró a mí


Onironauta. Se dice de aquel que es capaz de adquirir consciencia dentro de los sueños, así como de recordarlos con detalle al despertar. Había oído hablar de la interpretación de aquello que soñamos, pero nunca habría pensado que existiera un término para un "navegante de sueños". Yo siempre había tenido cierta predilección por dormir y soñar, una actividad de la que creo estar enamorada de hecho, pero no había sido hasta hace poco más de una semana que empecé a tener los sueños como algo presente en mi vida, como algo determinante. Había tenido sueños vívidos, sí, de esos que luego cuentas a tus amigos y con los que puedes echarte unas risas por lo absurdo de sus temas y sus rocambolescas historias. Sin embargo, nunca había tenido un sueño como el que ahora me perseguía. Literalmente.

En el sueño, esperaba sola en una estación de trenes. Me resulta realmente curioso ese hecho común de los sueños de, a pesar de no tener ningún detalle alrededor, saber con casi total seguridad que aquella era la estación de Santa Justa. Los altavoces anunciaron la llegada del tren y subí a él por la puerta más cercana. Me senté. Estaba vacío y gris. Sin nada más que hacer que esperar, observé desde mi sitio la puerta. Junto a ella, y de un color rojo vivo, destacaba una curiosa  palanca dentro de una cajita, en la pared y…  

El despertador sonó, sacándome de mi ensoñación. Achaqué aquel extraño sueño a que hacía poco, al tener un horario de clases diferentes, había cambiado mi habitual ruta de bus por el transporte en tren. Me batí con las sábanas, levantándome perezosa de la cama. Me vestí rápidamente huyendo del frío y, tras tomar un desayuno ligero, salí de casa en dirección a la estación. Me extrañó encontrar tan vacío el andén a esas horas. Incluso me pregunté si sería puente y estaba yendo a clase por error. Pero no; luego reconocí a un par de estudiantes que también esperaban el tren. Había sido simplemente un pequeño golpe de suerte, hoy por fin podría hacer el viaje sentada y leer con tranquilidad. Lástima que estaba aún tan soñolienta que las letras bailaban y huían de mis ojos, así que desistí y aparté la vista del libro. Fue entonces cuando la vi. De no ser por el sueño, ni si quiera hubiera reparado en ella. Allí, junto a la puerta, estaba la palanca roja. Como hipnotizada por su color, me levanté del asiento y caminé hasta ella. Era del tamaño de mi mano. Parecía que me invitara a cogerlo. Así que acepté. Estiré el brazo hacia la manilla y tiré de él. Un chirrido metálico estremeció el aire y al instante todo el tren se convulsionó. Los pasajeros fuimos arrojados hacia delante, chocando contra las paredes y  luego el suelo. Intenté levantarme, pero fui incapaz de hacerlo. En vez de eso, sentí que empezaba a elevarme, atravesaba el metal y me alejaba del tren. Ahora podía verlo todo desde el aire. Un escalofrío me recorrió el pecho al ver cómo el tren había descarrilado fatídicamente, arrollando las edificaciones y los transeúntes que había encontrado a su paso y… 

"Santa Justa. Conexiones con líneas C1, C2, C3, C4 y C5 de cercanías."

Una voz femenina, saliendo por los altavoces, me hizo despertar. Sobresaltada, miré a ambos lado de mi asiento restregándome los ojos. Luego dirigí la mirada hacia fuera del tren a través de la ventana. Suspiré aliviada: no me había pasado de parada, pero sentía mi corazón desbocado, latiéndome en la garganta.

No volví a quedarme dormida. No tanto por no arriesgarme a pasarme de parada, como por aquella sensación de agobio que me había provocado aquel sueño. Finalmente, el tren llegó a Virgen del Rocío, bajé al andén y piqué mi billete para salir. 

Aquella noche apenas dormí. Ni la siguiente. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver aquella endemoniada palanca roja. La palanca roja. Me acompañaba ahora en cada viaje. Cada día. Sin ojos, me miraba desde la puerta. Sin boca me llamaba. Cada día me esperaba en el mismo lugar cuando yo subía al tren y nos mirábamos. Cada viaje era un duelo de 20 minutos. A veces ganaba yo. Otras veces, cobarde, me giraba y cambiaba de vagón, buscando una ventana o una casual conversación que consiguiera distraerme.

Sin embargo, aquel día, el último día, había huelga de transporte. La estación estaba abarrotada por los servicios mínimos y, cuando mi tren llegó, ya no quedaban asientos libres ni aire que respirar. Subí al vagón y tuve que quedarme de pie, junto a la puerta. Me giré para  agarrarme a una de las barras y allí estaba. La palanca roja, brillante, triunfante, a un palmo de mí. El tren se puso en marcha y me sentí arrastrar y bambolear en un rítmico ensueño. La palanca se inclinaba ante mí, invitándome a bailar. Posé mi mano en la suya y tiré.

Una sonido como de bocina inundó en el vagón y todos nos inclinamos hacia un lado, amenazando con caer al suelo ante la brusca bajada de velocidad. En cuestión de segundos, el tren estuvo completamente parado. Miré hacia la palanca roja, aún la estaba sujetando. Me invadió una especie de decepción. Ni si quiera me parecía ya tan roja como antes.

Un pitido procedente de un altavoz cercano me sacó de mi ensoñación.


– Aquí el conductor. ¿A qué se debe esta parada de emergencia?


Fui incapaz de responder. El conductor repitió la pregunta y al no obtener respuesta hizo ademán de empezar a maldecir y a insultarme. Pero entonces se oyó un zumbido al otro lado y el conductor calló. Se cortó la comunicación. Me di la vuelta y atravesé el mar de gente que me examinaba de arriba a abajo como a un bicho raro. Llegué como pude al último vagon, donde ya nadie me miraba, y me quedé en un rincón, apoyada en la ventana hasta el final del trayecto.

No lo supe en ese momento pero, a menos de un kilómetro de allí, en la estación de Santa Justa, un carrito con un bebé dentro había caído a las vías en ese mismo instante. La megafonía acababa de anunciar la llegada del tren y los pasajeros que esperaban en el andén, habían saltado a las vías alarmados para salvar al niño. Fue una suerte que yo encontrara aquella palanca… o que ella me encontrara a mí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Incorregible - progreso:


8.039 / 50.000 words = 16% done!

My Steam ID

My PS3 ID